| Sobre Cartier-Bresson |
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| Martes, 13 de Octubre de 2009 20:55 | |||||||
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Con motivo de la llegada a la ciudad de Cádiz de la exposición dedicada al maestro Cartier-Bresson, no hemos querido dejar pasar la oportunidad de escribir algunas reflexiones que se nos agolparon en la mente cuando la vimos. Son dos artículos que creemos se complementan: el primero La Mirada Viajera de Juan Martín Beardo y el segundo Cartier-Bresson «el hombre invisible» de Francisco Rocha Cendón.
La Mirada ViajeraBasta con observar una exposición o un libro de Cartier-Bresson para darnos cuenta que él ya era fotógrafo antes de poseer su primera cámara. Hacen falta muchas horas de perseverante mirar para saber condensar en un «momento» los instantes de luz que el mundo y sus pobladores nos regalan a diario. Hace falta tener un alma limpia y alejada de afectaciones y modas transitorias; dejarse llevar por los impulsos de lo sencillo y de la candidez de los niños. Un salto imprevisto, una escalera empinada de una vieja iglesia, un beso en un bulevard, todo tenía para él su «momento» culminante que había que plasmar para hacerlos eternos.
Juan Martín Beardo Cartier-Bresson «el hombre invisible»Es difícil decir algo nuevo sobre Cartier-Bresson. Es quizá uno de los fotógrafos que más literatura ha generado en torno a su obra y su persona. Así y todo, Cartier-Bresson sigue siendo de estudio y análisis obligado para todos los fotógrafos, sean estos principiantes o expertos. ![]() Su filosofía puede resumirse en una frase suya: «la anarquía es una ética». En efecto; Cartier-Bresson transmite anarquía en su obra, pero es una anarquía muy organizada. Es un autor geómetra, desorganizado, transgresor, ortodoxo, oportunista, paciente observador, voyeur, iconoclasta, sentimental, etc., etc. Con todos estos adjetivos se podría expresar la obra de Cartier-Bresson, adjetivos en la mayoría de los casos contradictorios pero al mismo tiempo complementarios. Esta «anarquía» más aparente que real, es fruto de un profundo análisis de la escena y de una paciente espera, por eso se le conoce como el fotógrafo del «instante decisivo». Nos lo podemos imaginar apostado en cualquier recoveco o entre la muchedumbre, armado con su inseparable Leica, esperando lo que posiblemente, ni él mismo sabía lo que era. En palabras de Gérard Macé «se convertía en un hombre invisible entre la multitud». Esta paciente espera tenía sus frutos, llegaba ese instante decisivo cuya fórmula no consistía más que en unir en la misma foto la intuición y la geometría.Este viajero incansable comenzó haciendo fotos con una cámara de cajón de 9x12 montada sobre un trípode. Pronto se dio cuenta de que esta no era para él la forma de hacer fotos. La estaticidad de su equipo le impedía desarrollar sus ideas. En 1931 se compró su primera Leica y ya no la abandonó nunca, se convirtió casi en una prolongación de su ojo. Era lo que necesitaba, movilidad, agilidad y rapidez: «caminaba durante todo el día con el espíritu tenso, buscando en las calles la oportunidad de tomar fotografías del natural como si fueran flagrantes delitos».
Sus fotos transmiten cotidianeidad, son fotos de «días laborables», sin embargo, para conseguir esto se convertía en un ser obsesivo. Obsesivo para lo observable y obsesivo para la espera paciente. Su técnica, por contra no refleja esta personalidad; no le importa para nada si el foco de una foto es «crítico» o si existen zonas quemadas o empastadas. Su técnica únicamente estaba al servicio del interés por recortar ese instante del devenir cotidiano que a partir de ese momento se convertirá en algo único e irrepetible, algo que dejará de ser banal para ser excepcional. La mejor forma de resumir la idea de la fotografía para Cartier-Bresson, quizá sea con una frase suya: «La fotografía es para mí el reconocimiento en la realidad de un ritmo de superficies, líneas o valores; el ojo recorta el tema y la cámara no tiene más que imprimir en la película la decisión del ojo».
Francisco Rocha Cendón
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| Actualizado ( Miércoles, 18 de Noviembre de 2009 20:14 ) | |||||||




volúmenes, las luces, han sido el «vademécum» de todos los que hemos caído presos de este mundo mágico de la imagen. Pero el espacio de su París se le quedó pequeño para tanto deseo de mostrar, y por eso viajó por todo el mundo coleccionando instantes que se han hecho inmortales.
Creó la agencia Magnun ante la urgencia de mostrarnos los sucesos que acaecían en aquellos años turbulentos, pero sin embargo tan atrayentes, en que le tocó vivir. Reunió a otros «locos» y apasionados de la imagen, a los que supo contagiar de su tremenda afición, que se repartieron por el mundo dejándonos una obra que sin ella no se entendería la tremenda historia del siglo veinte.
posiblemente, ni él mismo sabía lo que era. En palabras de Gérard Macé «se convertía en un hombre invisible entre la multitud». Esta paciente espera tenía sus frutos, llegaba ese instante decisivo cuya fórmula no consistía más que en unir en la misma foto la intuición y la geometría.